Desarrollar Recursos Personales sin hacer “nada”.

Si pudiéramos diseñar al ser humano perfecto, ¿cómo sería?. Podríamos desear ver en él o ella sabiduría, conocimiento, inteligencia, habilidad, y querríamos que también fuera generoso, bondadoso, fuerte, compasivo, creativo…un superhéroe, vaya. ¿quién no querría ser así?. Y así, padres y educadores nos guiamos por ese ideal más o menos conscientes, e intentamos reproducirlo en nuestros hijos y alumnos.

En los últimos años en educación ha cogido presencia la idea, (que ya la decía Aristóteles), de educar los recursos personales (el carácter), es decir, hábitos positivos que favorecen la adquisición de conocimiento y el comportamiento bueno. Antes nos referíamos a la voluntad como la cuna de estos hábitos. Borrada casi del lenguaje educativo por el concepto de motivación, la voluntad resiste bajo la razón social de inteligencia ejecutiva.

La inteligencia ejecutiva.

La inteligencia ejecutiva sería la dimensión del sujeto que le permite tomar decisiones en un entorno que inevitablemente no controla, incluyendo en ese entorno su propia facultad deseante. Esto conlleva varias capacidades: inhibir el comportamiento, tomar decisiones, pensar de forma creativa frente a los problemas (no rutinaria), anticipar el futuro o retrasar la recompensa.

El conocido Marshmallow Test, donde se pone aprueba la capacidad de autocontrol del niño, parece anticipar el éxito vital en mayor medida que los test de inteligencia, lo que pone en evidencia la importancia de lo que hablamos.

Más allá de el esfuerzo educador y poco estructurado que intentamos los padres en casa, se está intentando desarrollar esa facultad con programas específicos en entorno escolar que se modulan a través de aplicaciones informáticas, actividades físicas como el yoga o el deporte con desafío cognitivo, técnicas de creatividad o ABP.

Un reciente metanálisis publicado sobre todas las intervenciones realizadas y documentadas para el desarrollo de las funciones ejecutivas en los niños parece arrojar una conclusión clara: podemos influir en ellas significativamente durante su entrenamiento, pero cuando este termina, los niveles de mejora mostrados parecen desaparecer.

Cuando leí este estudio, pensé en un ejemplo: ¿puedo con un curso entrenar para ser corredor de fórmula 1?” Obviamente no. Los deportistas de élite organizan completamente su vida para su trabajo: alimentación, sueño, rutinas de entrenamiento, y después de un periodo largo y continuado consiguen la competencia necesaria para competir al más alto nivel. Que duda cabe de que, al menos en su especialidad, su inteligencia ejecutiva está desarrollada. Pero si desaparece el objetivo y la obligación que conlleva, dejan de poder competir, incluso algunos deportistas engordan y se abandonan de forma sorprendente.

Así pues ¿puedo desarrollar la creatividad o el autocontrol en los alumnos con un curso específico? Algo podemos hacer, pero si no ve su vida cotidiana como una oportunidad para ello, poco o nada quedará.

Hacer nada

El título de este post es en realidad irónico. Opongo el inexistente concepto “nada” al intento de hacer específicamente “algo” para mejorar dirigidamente esas capacidades. Queda demostrado que un curso de inteligencia ejecutiva sirve tanto como un curso de guitarra, si la guitarra solo la toco cuando estoy en clase y mientras dura el curso.

Para el desarrollo de las funciones ejecutivas, tan importantes, parece necesario que toda la vida sea una oportunidad para desarrollarlas.

Muchas cosas que hacemos en clase en realidad están fomentando implícitamente la inteligencia ejecutiva de los alumnos: desde asistir a clase, requerir su atención, controlar los factores distractores del entorno como el móvil, pedir silencio, estudio, trabajo, debate ordenado, establecer actividades que devengan en éxito o frustración, educación en la relación con los demás (autocontrol), facilitar el aprendizaje de información valiosa mediante una buena exposición, hacer preguntas estimulantes relacionadas con los contenidos o plantear problemas (creatividad y memoria de trabajo).

Todo ese “hacer nada” que hacen la mayoría de los profesores está fomentando las funciones ejecutivas.

Cuando una madre o un padre le pide a su hijo que obedezca (tienes que arreglar tu cuarto, ves a por el pan, ayuda a tu hermano, guarda siempre los zapatos en el zapatero, recoge los platos, saca la basura, podrás jugar al ordenador después de hacer tus deberes…) no solo está cumpliendo un deseo de orden y confort propio, además está creando situaciones y obligaciones que desarrollan las funciones ejecutivas de los hijos en su día a día. Por supuesto es importante también explicarle cómo esto contribuye al buen funcionamiento de la familia y de sí mismo.

Las funciones ejecutivas son las que fundamentan la libertad individual, y esta surge después de haberla desarrollado mediante una vivencia cotidiana de obligaciones impuestas que enseñarán al niño a que, si quiere (y debe) volar solo, tendrá que obligarse a sí mismo a mover las alas, como recuerda en su memoria que le obligaban antes sus padres y profesores.

Si además las identificamos conscientemente y les ponemos nombre, mucho mejor.

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