Hombres de paja en educación

Se puede leer tuits en defensa de un método u otro de enseñanza. Con sus variaciones, podemos clasificarlos en dos grandes y simplificadores grupos: tradicional o progresista. También centrado en el profesor o en el alumno, o en contenidos o competencias.

Otros compañeros ya han escrito sobre esto, y además mucho mejor de lo que podría hacer yo, pero tengo la necesidad de expresar alguna idea a este respecto.

Muchas veces, demasiadas, la táctica para ganar influencia y convencer es la utilización de la falacia “hombre de paja“. Se trataría de hacer una descripción simple, débil y casi ridícula de una idea, y a partir de ahí aprovechar el muñeco para zurrarle sin piedad.

Pero creo que en ese “hombre de paja”, siempre hay algo de verdad.

Para que quede claro, de acuerdo a los términos que se manejan, podría considerarme partidario de la educación tradicional, fundamentalmente y de acuerdo a uno de los ejes diferenciadores, porque centro mi tarea docente en contenidos, más que en competencias, al menos, en un vistazo rápido y superficial.

Pero lo que me interesa ahora no es seguir criticando a las ideas contrarias, progresistas, sino criticar a lo que puede haber de criticable en el cajón de sastre que es la educación tradicional.

Conozco en proporción a muchos más compañeros “tradicionales” que “progresistas”. Así que cuando leo en Twitter mensajes de educación “progresista” me pregunto algo parecido a cuando veo desfiles de modelos en la pasarela: ¿quién se pondrá esos trajes?

La cuestión es que a veces creo que las críticas a la educación tradicional tienen razón, porque he tenido profesores que entraban en clase y empezaban a hablar (¡o leer!) sin piedad. La clase terminaba, así una tras otra, y luego afrontabas el examen con un montón de apuntes que empezabas a leer casi como obra inédita.

Sobre compañeros no puedo opinar porque nunca he entrado a sus clases. Si digo que son “tradicionales”, es en todo caso por indicios.

Reivindico el poder del conocimiento. Saber aumenta mi capacidad de comprensión y revaloriza mi creatividad. Y quiero lo mismo para mis alumnos. Pero no lo hago exponiendo mis conocimientos y esperando que, de lo mucho que sé, o de su esfuerzo bruto (ojo a esto), aprendan.

El otro día leí por primera vez un termino curioso: neotradicional. Con él se intenta defender la importancia del conocimiento (la memorización de toda la vida), pero de una forma diferente, más consciente de lo que está aconteciendo en la mente del alumno y las dificultades que le va a ocasionar la comprensión, memorización y transferencia del conocimiento.

Esta visión “neotradicional” se apoya en teorías como la carga cognitiva, sobre todo a la hora del primer contacto con nueva información. Con métodos como la práctica del recuerdo en el que facilitamos la memorización del alumno a la vez que intentamos provocar transferencia, o la evaluación formativa, aquella no dirigida a calificar administrativamente sino a identificar el grado de aprendizaje y dificultades del alumnado, antes de seguir adelante con nuestros contenidos o bien decidir parar, y ayudarles.

Cuando todo esto esté razonablemente planteado, entonces vendrá una prueba calificable, el examen, centrado en definiciones o aplicaciones exigidas individualmente, donde ellos solos podrán mostrarme lo que saben sin ayuda, y porque nota hay que poner.

Así que puedo decir seriamente, y con cierta sorna, que soy neotradicional, o retroprogresista. Integrado y desintegrado, vaya.

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